Estimado Cliente, Nos acercamos a la recta final del año en curso con varias interrogantes aún por contestar respecto al ámbito empresarial, pues la crisis sanitaria continua sin control, generando trastornos en la economía en su conjunto a nivel global que a su vez inhibe la formación de capital necesaria para retomar la senda del crecimiento. En nuestro país, el reducido margen de maniobra que presentan las finanzas públicas nos remite a evaluar el riesgo de un cambio en la calificación de la deuda soberana y estar a la expectativa de la recuperación de nuestro vecino del norte, especialmente una vez que sepamos quien será el inquilino de la Casa Blanca los próximos cuatro años, pues ese será el principal motor de la reactivación y recuperación de la actividad económica de nuestro país.

Con base en lo anterior, decidimos presentarles un análisis enfocado en estas dos variables que consideramos estratégicas, pues inciden de manera significativa para modificar tendencias en todos los sectores, ya que pueden ser el punto de partida para una recuperación de la inversión privada.

Esperando que este documento sea de toda utilidad, quiero aprovechar para agradecer su preferencia y confianza al elegirnos su brazo financiero para fondear todos sus proyectos y oportunidades.

 

 

 

Antes de examinar ambos temas, es pertinente primero hacer un breve repaso de la situación económica por la que transita la economía real de México y el estatus que mantiene la recuperación económica, tras el cierre casi total de actividades durante abril y mayo de este año, y el cierre parcial en los meses subsecuentes.

A lo largo del 2020, y en especial, en el segundo trimestre, la economía mexicana ha enfrentado su mayor contracción desde 1932. Medido a través del Producto Interno Bruto (PIB), en el comparativo del segundo trimestre de 2020 respecto del mismo trimestre de 2019, el tamaño

 de la economía mexicana cayó -18.7%, producto de que las actividades primarias disminuyeron -0.5%, las secundarias (industria) se redujeron en -25.7% y las terciarias bajaron -16.2%. No obstante lo anterior, la economía nacional ha entrado en un proceso de recuperación. Como se puede apreciar en la Gráfica 1, el Indicador Global de la Actividad Económica (IGAE), que es lo más cercano a un PIB mensual ha venido presentando menores tasas de contracción en la

 

actividad conformo nos acercamos al cierre del año 2020. Si bien en mayo la actividad económica se contrajo -22.7% a tasa anual, para junio la caída fue de -13.3% y en julio ascendió a -9.8%. Esta evolución nos hace pensar que al cierre de 2020 la caída en la actividad económica será de entre -8.5% y -9.0%. La caída del PIB y su lenta recuperación ha traído aparejada una pérdida de empleos en los sectores formal e informal de la economía. En la Tabla 1 vemos los datos del empleo formal registrado en el IMSS, mismos que dan cuenta de que en el periodo de febrero a septiembre de 2020, el número de trabajadores registrados ante dicho instituto disminuyó en 911.702 miles de personas (después de haber estado 1.118 millones de empleos abajo en el comparativo de febrero a julio), y que de las diversas actividades económicas, la que ha sido más duramente golpeada es la de servicios para empresas, personas y el hogar con una contracción de 450 mil puestos de trabajo. Muchos se preguntan porque no vemos un estímulo fiscal por parte del gobierno federal en aras de impulsar la recuperación económica. La respuesta es compleja y obedece a varios factores. Por un lado, vemos que el gobierno federal confunde el dar apoyos a las empresas para salvar las fuentes de empleo con los rescates que se dieron en la década de los 90s en la forma del Fobaproa. El gobierno federal hay señalado que los días de socializar las pérdidas han terminado y por eso ha dejado a buena parte de las empresas a su suerte. Pero otra razón por la que el gobierno federal no ha intervenido para dar un impulso fiscal a la economía es por lo delicado que están las finanzas públicas, las cuales presentan una creciente deuda pública, tema que se expone a continuación:

 

Derivado de un desequilibrio fiscal crónico, no obstante que en los últimos años se ha buscado mantener un superávit primario en las finanzas públicas, la deuda total neta y bruta del sector público federal han ido en aumento. Es decir, la deuda pública sigue creciendo porque la diferencia entre los ingresos y gastos del sector público antes de considerar el pago de intereses de la deuda muestran un superávit, pero cuando consideramos el costo financiero de la deuda es que hemos incurrido en déficits fiscales que deben ser financiados con más deuda. Esto es, la deuda pública sigue creciendo año con año porque nos endeudamos para pagar los intereses de ésta. Las cifras de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP) muestran que al mes de agosto de 2020 la deuda interna neta sumó 7.300 billones de pesos, mientras que la deuda externa neta fue de 220.414 miles de millones de dólares (mmdd), lo que al tipo de cambio promedio de dicho mes, hace que la deuda total neta del sector público federal se ubicara en 12.175 billones de pesos. Las cifras oficiales indican que en 2020 se han alcanzado los montos nominales de endeudamiento neto más altos de la historia. En la Tabla 2 podemos ver que contrario a lo que se menciona en el discurso oficial, si ha habido incrementos en los saldos de la deuda del sector público por contratación de nuevos créditos, aunque se debe reconocer que son menores a los observados en el sexenio de Enrique Peña Nieto. Sin embargo, aunado a lo anterior, tenemos que ha habido un fuerte impacto en el saldo de la deuda total por la depreciación del tipo de cambio peso-dólar observada este año. Se aprecia que la deuda interna neta pasó de 7.188 billones de pesos al 31 de diciembre de 2019 a 7.300 billones al 31 de agosto de 2020; mientras que la deuda externa pasó de 203.708 mmdd al cierre de diciembre de 2019 a 220.414 mmdd al final de agosto de 2020; y no obstante estos incrementos (de 112 mil millones de pesos en el caso de la deuda interna y de 16.706 miles de millones de dólares en el caso de la deuda externa), la deuda neta total creció de 11.027 billones de pesos en diciembre de 2019 a 12.175 billones de pesos en agosto de 2020. Esto implica que en apenas 8 meses de 2020 la deuda del sector público federal aumentó en 1.148 billones de pesos, lo cual obedece principalmente al ajuste en el tipo de cambio, mismo que pasó de 19.118 pesos por dólar en diciembre de 2019 a 22.18 pesos por dólar en agosto de 2020. De esta manera, podemos ver en la Gráfica 3 que la proporción de la deuda neta total respecto del PIB pasó de representar el 33.8% en 2012 a 45.5% en 2019 a un aproximado de 55.0% en agosto de 2020. Es de esperarse, dada la caída esperada del PIB nacional este año de aproximadamente un 4% en términos nominales, así como la caída en la recaudación fiscal producto de la crisis económica que vivimos, que el peso de la deuda respecto al PIB alcance el 56% a finales de este año. Evidentemente esto es indicativo de que el ritmo de endeudamiento del sector público federal ha sido más alto que la tasa de crecimiento del PIB. El aumento significativo en el peso relativo de la deuda respecto al PIB es preocupante para analistas nacionales y externos, en especial para las calificadoras de deuda, por lo que una reforma fiscal de fondo, que recaude más e incentive el crecimiento económico, se vuelve aún más apremiante. Ahora, en cuanto al costo financiero de la deuda del sector público, en la Tabla 3 vemos que éste ha crecido en términos nominales y pasó de un mínimo de 1.9% del PIB en 2012 (305.12 mmdp) a representar el 2.6% del PIB en 2018 (615.04 mmdp), producto de un mayor endeudamiento, pero también de tasas de interés más altas asociadas a una mayor inflación. La tasa de interés de los Cetes a 28 días en 2012 promedió 4.24%, mientras que en el 2018 fue de 7.62%. De acuerdo a las previsiones de la SHCP, se estima que el costo financiero de la deuda sea de 718.0 mmdp en 2020, cifra equivalente a 3.1% del PIB y que llegue a los 724.0 mmdp en 2021, lo que haría que el peso relativo del costo financiero disminuya a 2.9%. Si bien, las cifras del costo financiero de la deuda como porcentaje del PIB podrían parecer bajas, son considerablemente más elevadas cuando se les relaciona con el gasto neto del sector público presupuestario.

 

 

 

En la Tabla 4 podemos apreciar que el costo financiero pasó de representar el 7.8% del gasto hasta ser el 11.5% de éste en 2019. De acuerdo a las cifras presentadas en el Paquete Económico 2021, el porcentaje se elevará hasta 11.9% este año. El costo financiero es considerable cuando se toma en cuenta que en el 2020 el gasto federal en Participaciones a estados y municipios será de 837 mmdp, cifra superior al costo financiero en apenas 16.6%. Esto implica que para el sector público federal cuesta casi lo mismo servir la deuda pública que lo que se le transfiere a estados y municipios para realizar sus funciones más elementales. SITUACIÓN DE LA CALIFICACIÓN Entre marzo y abril de 2020, las agencias calificadoras más importantes (S&P, Fitch y Moody’s) redujeron la calificación crediticia del Gobierno Federal y de Petróleos Mexicanos. En sus comunicados, las agencias señalaron principalmente que estas bajas se debieron a: i) los choques de la pandemia de COVID-19 y el efecto de los menores precios del petróleo sobre el crecimiento económico del país, el cual ya era modesto previo a dichos choques; ii) los continuos apoyos a Pemex pondrían mayor presión sobre las finanzas del Gobierno Federal; iii) hay un debilitamiento en el clima de negocios del país; y iv) concuerdan que el perfil crediticio individual de Pemex se ha debilitado. En este sentido, las agencias calificadoras estarán atentas a las acciones que lleven a cabo el Gobierno Federal y Pemex. A continuación se explican los argumentos de cada calificadora:

 

 

S&P. El 26 de marzo, S&P bajó la calificación soberana a BBB desde BBB+, manteniendo la perspectiva negativa. La agencia argumentó que la revisión de la calificación se debió, principalmente, a la menor dinámica de crecimiento esperada para 2020 a causa de los choques de COVID-19 en México y Estados Unidos, así como a la caída en los precios del petróleo. Estos choques exacerban el modesto crecimiento económico que ya se observaba previamente. En cuanto al sector energético, la agencia señaló que, aunque el gobierno implementara acciones para incentivar la inversión privada en el sector, el contexto de precios bajos limitaría la respuesta. Asimismo, consideró que ante un potencial debilitamiento de las finanzas públicas, derivado del bajo crecimiento económico y la creciente presión financiera de Pemex, la perspectiva del soberano debería mantenerse negativa. Fitch. El 15 de abril bajó la calificación soberana a BBB- desde BBB, manteniendo la perspectiva estable. Señaló que el choque económico por la pandemia de COVID-19 llevaría a México a una recesión severa en 2020 y que la recuperación económica sería limitada por los mismos factores que habían obstaculizado el crecimiento anteriormente y los cuales podrían persistir, principalmente, un clima de negocios incierto y una erosión percibida de la fortaleza institucional en el marco regulatorio, rezagando el desempeño económico del país respecto de sus pares. Señaló que el apoyo continuo para Pemex podría resultar en una carga mayor para la deuda del Gobierno Federal. Moody’s. El 17 de abril redujo la calificación de la deuda soberana a Baa1 desde A3, manteniendo la perspectiva negativa. La agencia señaló como principales elementos del cambio: i) una perspectiva de crecimiento de mediano plazo más débil; ii) la afectación financiera y operativa de Pemex, y iii) el deterioro del marco de políticas públicas y de la capacidad institucional. Moody’s hizo énfasis en el debilitamiento del clima de negocios ante decisiones de política encontradas y poca claridad para la inversión privada en el sector energético. En consideración de lo anterior, serán fundamentales las políticas que se lleven a cabo en México, no solo para reactivar la actividad económica en un contexto de pandemia de Covid-19 que ha durado más de lo anticipado y aun se ve lejano su final, sino también para mantener finanzas públicas “sanas” en un entorno económico mundial incierto. La pérdida del grado de inversión por parte de la deuda soberana de México es uno de los mayores riesgos que enfrenta la economía nacional en lo que resta de 2020 y en 2021, ya que este suceso potencial ocasionaría salida de capitales del país, alza en el precio del dólar, incremento en la tasa de inflación, un rebote en las tasas de interés y menores perspectivas de crecimiento económico. Por la Tabla 5 podemos ver que para Moody´s la calificación aún está dos escalones por encima del grado especulativo, en el caso de S&P estamos un escalón arriba, y en la que estamos peor ubicados es en la calificación que nos asigna Fitch, la cual raya en el límite de las inversiones sin grado de inversión (especulativas). ¿Cómo impulsar la economía en un contexto de debilidad de las finanzas públicas? En nuestra opinión, el gobierno federal tiene margen de endeudarse en una cantidad equivalente a hasta 2 puntos porcentuales del PIB, siempre y cuando los recursos de dicha deuda sean utilizados de manera transparente y en su totalidad para el desarrollo de infraestructura en las diferentes regiones del país. Es altamente probable que las agencias calificadoras vean esta medida con buenos ojos ya que el impulso que se le pueda dar al PIB aumentará la base gravable y, a través del efecto multiplicador, se traduzca en un mayor aumento del PIB nominal en 2021.

 

Las recetas del candidato demócrata, Joe Biden, pasan por incrementar el gasto público y la intervención del Estado, subir los impuestos tras la disminución en la era Trump, especialmente a empresas y grandes fortunas, y el nacionalismo industrial. Al programa económico de Joe Biden se le conoce como Bidenomics.

Ahora en día el único motor de la demanda agregada que puede impulsar el crecimiento del PIB mexicano es la exportación. Las ventas al exterior representaron el 36% del PIB en 2019 y de este total, el 80% tuvieron como destino los Estados Unidos. Es por esto que para México, resulta por demás importante lo que ocurra con la economía de nuestro vecino del norte. Si se cumple el pronóstico de los sondeos, Joe Biden sería el próximo presidente de Estados Unidos, quien derrotaría al presidente Donald Trump en las elecciones estadounidenses del 3 de noviembre. La política económica implementada por Donald Trump durante los últimos casi 4 años ha tenido como pilares: 1. Reducción de impuestos a empresas, 2. Desregulación, 3. Reducción en el tamaño del Estado, y 4. Proteccionismo. Esto con la idea de que más flexibilidad económica, menos carga impositiva y una agresiva política arancelaria en sectores clave y contra China, impulsarían al país. No obstante lo anterior, y sin contar la crisis actual, el desempeño del PIB estadounidense estuvo casi siempre por debajo del crecimiento anualizado de 3% prometido por Trump. En 2017 el PIB estadounidense creció en 2.35%, la tasa fue de 3.0% en 2018 y fue de 2.18% en 2019. La expectativa es que en el 2020 el PIB estadounidense se contraiga -4.4% (la caída del primer semestre fue de -4.35%). Durante su campaña de reelección, el Presidente Trump ha ofrecido profundizar la reforma fiscal, más inversiones en infraestructura e impulsar el empleo, además de seguir con la guerra comercial y tecnológica en contra de China. En contraste, si bien hay coincidencia en el impulso al empleo y la reactivación económica, las recetas del candidato demócrata, Joe Biden, pasan por incrementar el gasto público y la intervención del Estado, subir los impuestos tras la disminución en la era Trump, especialmente a empresas y grandes fortunas, y el nacionalismo industrial. Al programa económico de Joe Biden se le conoce como Bidenomics y a continuación se mencionan algunos de sus principales aspectos: Biden plantea ampliar la cobertura del ‘Obamacare’ sanitario y mayores subsidios a la clase media, mientras que con las alzas de impuestos busca obtener 3.5 billones de dólares más de recaudación en los siguientes 10 años. Además, gastaría 2.5 billones en energías limpias, 400 mil millones para impulsar la industria nacional y 300 mil millones en tecnologías como el 5G. Es verdad que tanto Donald Trump, como Joe Biden, pretenden hacer cambios en el código tributario, pero cabe señalar que en gran medida los ajustes planteados van en direcciones opuestas. Mientras que el presidente Donald Trump planea más reducciones de impuestos, su oponente, planea aumentar los impuestos a los ricos y a las empresas. En la siguiente tabla se presentan las principales propuestas en materia económica por parte de los candidatos a la presidencia de los Estados Unidos. Donald Trump ha señalado que expandiría las Zonas de Oportunidad en áreas deprimidas, daría exenciones de impuestos a las compañías que traen la manufactura de vuelta a Estados Unidos y pondría aranceles a las importaciones de manufactura extraterritorial. Por su parte, Biden también propone incentivos fiscales para las empresas que invierten en la manufactura estadounidense, pero según la Tax Foundation (un grupo de expertos en política fiscal), el incentivo no es lo suficientemente grande como para compensar sus subidas de impuestos, por lo que no está claro si realmente convencería a las empresas para invertir. Los aumentos de impuestos de Biden se dirigen principalmente a las empresas y las personas que ganan más de 400 mil dólares. El impuesto de sociedades aumentaría del 21 al 28%. También impondría un impuesto mínimo del 15% a las grandes empresas y duplicaría el impuesto sobre las ganancias internacionales del 10.5% al 21 por ciento. A nivel individual, aquellos que llegan a ganar 400 mil dólares al año verían subir el tramo más alto del impuesto sobre la renta desde el 37% al 39.6%. Los ingresos por encima de 400,000 dólares obtendrían un impuesto adicional del 12.4%, la mitad del cual sería pagado directamente por los empleadores. Las personas en este nivel de ingresos también se enfrentarían a una limitación de las deducciones fiscales. Las ganancias de capital por encima de un millón de dólares serían gravadas con un 43.4%, en lugar del 23.8% actual. La organización sin fines de lucro modeló que los aumentos de impuestos de Biden podrían recaudar alrededor de 3.8 billones de dólares en 10 años, pero reducirían el crecimiento económico a largo plazo en un 1.5% y eliminarían casi 600 mil puestos de trabajo.

Aunque las medidas no están dirigidas directamente a las personas con ingresos más bajos, las alzas les afectarían “reduciendo el incentivo para trabajar e invertir en Estados Unidos”, estimó Tax Foundation. El quintil inferior perdería alrededor del 0.7% de los ingresos, mientras que el uno por ciento superior perdería casi el 8 por ciento. Por su parte, Trump dijo que le gustaría reducir aún más los impuestos sobre la renta de la clase media. También le gustaría reducir el impuesto sobre la renta del capital del 20 al 15 por ciento. Además, permitiría a las compañías farmacéuticas y de robótica amortizar sus activos de una sola vez si trasladan la fabricación a Estados Unidos. Trump también necesita asegurarse de que sus anteriores recortes de impuestos se mantengan, ya que están programados para expirar en 2026. Las propuestas de Trump para el segundo mandato no pueden ser modeladas, según la Tax Fundation, ya que él aún no ha explicado sus planes en detalle. ¿Qué opinan los expertos respecto de las propuestas económicas de Joe Biden? De manera general, parece haber cierto consenso de que el plan económico de Joe Biden reemplazaría el recorte de impuestos corporativos del presidente Trump con programas de gasto para infraestructura y educación que, según los analistas, probablemente tendrán un mayor retorno por dólar invertido. Edward Stuart, profesor emérito de economía de la Universidad Northeastern Illinois, señala que “Biden no sería un mal presidente para la economía en general, pues su política fiscal más consistente y coherente favorecería el crecimiento y al mercado. Eso sí, por su plan climático, las energéticas se verían claramente afectadas, y las tecnológicas también por los mayores impuestos, pero la clase media se verá reforzada y con ello las compañías de consumo, de energías limpias, las manufacturas y las del agro, entre muchas otras”. En cuanto al comercio exterior, William Reinsch, asesor sénior del Centro de Estudios Estratégicos Internacionales (Csis), indica que “la mayor diferencia es que Biden es multilateralista y Trump es unilateralista. Él trabajará con otros países para presionar a China para que respete las reglas del mercado. Puede que sus políticas no sean muy diferentes, pero sus métodos lo serán: menos fanfarronadas, amenazas y aranceles, y más cooperación”. Robert Gulotty, profesor de ciencias políticas de la Universidad de Chicago, matiza que “aunque Biden participará más en la cooperación comercial regular y en volver a la normalidad, gran parte de la implementación de la agenda económica dependerá de quién tenga el control del Senado del país”. Barry Eidlin, profesor de sociología política de la Universidad McGill en Montreal, menciona que una de las principales campañas de Biden contra Trump es que “no es apto para el cargo y necesita ser derrotado”, lo que se ve reflejado en sus acciones con el resto de países…Biden estará más interesado en reafirmar el liderazgo global de Estados Unidos en una ‘comunidad de naciones’, lo que reduce la posibilidad de un ataque o una guerra accidental con Irán o China. No obstante, esto no significa necesariamente un papel benevolente y el país podría continuar en guerras interminables como Irak o Afganistán y seguirá apoyando a Israel”, considera Eidlin. Por último, Nelson Wiseman, profesor de ciencias políticas de la Universidad de Toronto, señala que “Biden se acercará inmediatamente a sus aliados tradicionales (UE) y se comprometerá con las instituciones multilaterales. Por eso, se puede esperar que actuará para estabilizar la OMC. Está menos claro cuál será su relación con China, pero sí se puede esperar un enfoque más crítico con Rusia, y Corea del Norte seguirá siendo un comodín. Obama eligió a Biden por su experiencia en política exterior, la cuál él no tenía”.

La opinión de Paul Krugman En un artículo de Paul Krugman, publicado el 1 de octubre de 2020 en el New York Times, el Premio Nobel de Econo – mía 2008 señala que hay cierta creencia de que el alza de impuestos con – templada por Joe Biden ocasionará que la economía estadounidense se hunda en una mayor recesión. Pero la evi – dencia empírica muestra que esto no necesariamente es verdad. Cuando Bill Clinton aumentó impuestos en 1993 los legisladores del partido Republicano predijeron una recesión, pero eso no fue lo que sucedió, sino que por el contrario, la eco – nomía estadounidense registró una importante expansión. Por su parte, cuando diversos republicanos han prometido que el reducir los impuestos a los ricos producirá un milagro económico, dichas promesas nunca se materializaron. No obstante lo anterior, hay una diferencia entre decir que las políticas progresistas (de los demócratas) no son el desastre que afirman los conservadores (republicanos) y decir que el plan de Biden en realidad promovería el crecimien – to. ¿Por qué las agencias calificadoras como Moody’s y los bancos de inversión como Goldman Sachs están tan entusiasmados con las propuestas de Biden? ¿Por qué Krugman comparte ese optimismo? Primero, el trasfondo. Incluso antes del co – ronavirus, las buenas cifras de empleo podrían ocultar la debilidad económica subyacente en la economía de Estados Unidos. Durante al menos la última década, hemos estado viviendo en un mundo de ahorros excesivos: la cantidad que el sector privado ahorra excede constantemente la cantidad que gasta en inversiones reales. Este exceso de ahorro se refleja en tasas de interés ba – jas, incluso cuando la economía es fuerte. Las bajas tasas de interés, a su vez, limitan la capacidad de la Reserva Federal para combatir las recesiones, razón por la cual Jerome Powell, el presidente de la Fed, ha estado pidiendo más estímulo fiscal por parte del Departamento del Tesoro. En el mundo de hoy, entonces, realmente que – remos que el gobierno tenga dé – ficits presupuestarios, porque utiliza el exceso de ahorro. Pero también queremos que esos déficits sean pro – ductivos, para impulsar la inversión y fortalecer la economía a largo plazo. El recorte de impuestos de Trump de 2017 reprobó esa prueba. Aumentó el déficit pre – supuestario, pero el principal im – pulsor de ese mayor endeudamien – to, en la forma de un gran recorte en los impuestos corporativos, no logró producir el aumento prometido en la inversión empresarial. El plan de Biden revertiría ese recorte de impuestos corporativos, reemplazándolo con programas de gastos que probablemente gene – rarán más actividad económica por cada dólar adicional de déficit fiscal. En particular, gran parte del gasto se destinaría a infraestructura y educación, es decir, desembolsos destinados a fortalecer la economía a largo plazo, así como a impulsarla durante los próximos años. Cuando Moody’s ejecutó este programa a tra – vés de su modelo, concluyó que para fines de 2024, el producto interno bruto real sería 4.5 por ciento más alto que bajo una continuación de las políticas de Trump, lo que se traduciría en unos 7 millones de empleos adicionales. Las estimaciones de Goldman Sach son simi – lares: un aumento del 3.7 por ciento en el PIB La conclusión de Paul Krugman es que las propuestas económicas de Joe Biden son, de hecho, creíbles, mientras que las del presidente Donald Trump no lo son.

 

Respecto a la situación de las finanzas públicas en México, al ver los crecientes niveles de deuda pública (que al cierre de este año podría llegar a representar hasta el 56% del PIB) y ante los riesgos de que la deuda soberana pierda su calificación en el nivel de grado de inversión, queda claro que México necesita de una reforma fiscal que impulse la inversión productiva, la producción y el empleo. Sobre todo a la luz de un modelo fiscal que se ha agotado, después de un fuerte incremento de recaudación en el periodo de 2014 a 2019. Para ello es indispensable realizar los cambios legales que se traduzcan en un sistema fiscal que acote el gasto corriente, y que eleve la capacidad potencial de recaudación de ingresos, principalmente mediante la ampliación de la base gravable; limite las excepciones y los regímenes especiales; cierre las vías que facilitan la evasión y elusión; mejore la eficiencia en la administración y recaudación tributaria en todos los niveles de gobierno; establezca compromisos muy concretos de simplificación y administración; entre otros. Es importante destacar que una de las mayores preocupaciones ahora en día, en este contexto recesivo, es que ocurra un encarecimiento en el costo del financiamiento no solo para el Gobierno federal, sino también para las empresas, la banca y los hogares mexicanos. Es por ello que es fundamental que no obstante las complicaciones fiscales del país, conservemos el grado de inversión de nuestra deuda soberana por parte de las tres calificadoras de riesgo. Hace unos días, Standard & Poor’s Global, advirtió que hacia los próximo meses algunas de las principales economías en el mundo podrían ver una nueva baja en sus calificaciones o recibir advertencias, resultado de una segunda ola de revisiones ante la enfermedad covid-19, con lo que se espera una mayor vigilancia sobre las notas de Brasil, México y Colombia. Hasta ahora los analistas económicos y financieros han visto con buenos ojos el Paquete Económico 2021, mismo que en breve comenzará a debatirse en el Congreso de la Unión. Los supuestos sobre los que descansa, si bien son calificados como optimistas, son razonables. Hasta ahora se percibe de manera positiva que para el cierre de 2020 se espera que el balance primario sea de 0.2% del PIB, el balance sea de -2.9% y los Requerimientos Financieros del Sector Público (RFSP) equivalgan al 4.7% del PIB. El planteamiento para el 2021 es que el balance primario sea de 0, el balance se mantenga en -2.9% y los RFSP (la medida más amplia de la deuda) se reduzcan a 3.4% del PIB.

Es así que es de esperarse que en la medida en que se mantenga la disciplina fiscal, no obstante que algunos de los rubros del gasto público no son bien vistos por su bajo o nulo impacto en el crecimiento económico, la calificación de la deuda se mantendrá en niveles de rango de inversión. Sin embargo, si la situación económica se deteriora y no se logra un crecimiento del PIB de al menos 3.5% en 2021, el mantener la calificación de la deuda en su nivel actual será casi imposible.

Bidenomics Ahora, en cuanto al plan económico de Joe Biden, parece haber buenas noticias para México ya que los analistas siugieren que éste tiene mayor sostenibilidad en el mediano y largo plazos, comparado con el de Donald Trump. Aunque se debe reconocer que en el corto plazo (2021 y 2022) la economía estadounidense crecería más con Donald Trump en la presidencia. La propuesta de Joe Biden está sustentada en la fortaleza de un sector público que utilice el déficit fiscal en la forma de un gasto público en inversión, mientras que la propuesta de Donald Trump implica mantener y profundizar en los recortes de impuestos, lo que genera ahorros a la gente más rica, lo que no necesariamente se traduce en un impulso de la inversión privada. Por otra parte, analizando el historial de Donald Trump, así como las propuestas de ambos candidatos, es de esperarse que México tenga mayor estabilidad económica con Joe Biden en la Casa Blanca, que con respecto a Donald Trump, que nos ha dado buenos sustos cuando nos ha amenazado con denunciar el TLCAN o cuando nos ha impuesto aranceles unilaterales al acero y el aluminio. De igual manera, cuando amenazó con cerrar la frontera si no se controlaba el flujo migratorio. Con independencia de lo anterior y de lo que prometan los candidatos, le corresponde al Congreso cambiar el código fiscal estadounidense. Actualmente, es poco probable que la Cámara de Representantes liderada por los demócratas respalde las propuestas de Trump, mientras que es poco probable que el Senado, liderado por los republicanos respalde las propuestas de Biden. Ambos partidos se enfrentan a duras batallas para mantener el control de las cámaras que lideran. Si cualquiera de los dos partidos termina controlando al menos una parte de la triada —la Cámara de Representantes, el Senado o la Presidencia—, el otro partido tendrá dificultades para aprobar su agenda, ya que los políticos están teniendo problemas para llegar a un acuerdo incluso sobre cuestiones que ambas partes suelen apoyar, como los proyectos de ley de ayuda durante los cierres económicos o la tan esperada financiación de la infraestructura. A México, al igual que al estado de Guanajuato, le conviene que la economía de Estados Unidos tenga un buen desempeño. Si bien, en el corto plazo la economía de nuestro vecino del norte crecería a una tasa más alta con una extensión al mandato de Donald Trump, es preferible que se sienten las bases para un crecimiento sostenido en el mediano plazo con un presidente Joe Biden. De igual manera, el tener a un presidente estadounidense más sereno y dispuesto a reintegrar a los Estados Unidos a un mundo globalizado agregaría más elementos de confianza para los flujos de inversión extranjera directa hacía nuestro país. Es verdad que con Donald Trump y su conflicto comercial con China más inversionistas están volteando a ver a México, pero desde nuestra perspectiva, la animadversión de los Estados Unidos contra China seguirá por unos años, con independencia de quien ocupe la Oficina Oval de la Casa Blanca.

Bibliografía

Krugman, Paul, The Very Strong Case for Bidenomics, 1 de octubre de 2020, https://www. nytimes.com/2020/10/01/opinion/trump-biden-economic-policy.html López Pérez, Ruben, Gasto, impuestos y nacionalismo: los pilares de la ‘Bidenomics’, 4 de octubre de 2020, https://www.portafolio.co/internacional/elecciones-presidenciales-usa-gasto-impuestos-y-nacionalismo-los-pilares-de-la-bidenomics-545308 Svab, Petr, Plan de impuestos: Trump vs. Biden, 15 de septiembre de 2020, https://es.theepochtimes.com/plan-de-impuestos-trump-vs-biden_725796.html

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